Doctrina: El Pacto

Doctrina: El Pacto

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Para una clase completa sobre este tema, visite: https://legacy.realfaith.com/sermons/doctrine-2-covenant-god-pursues/

El Señor es amigo de los que le temen; a ellos les enseña su pacto.
SALMOS 25:14

Mi esposa Grace y yo nos conocimos en la escuela secundaria. Ella era hija de un pastor, pero no tenía una relación muy cercana con Jesucristo. Vengo de una familia católica, y aunque mi madre católica conocía al Señor, yo no. Yo no entendía que Dios era relacional y quería una relación conmigo. Por eso, creía en un concepto vago de Dios y traté de ser una persona buena, pero no tenía una relación personal con Jesucristo.

Cuando conocí a Grace, la adoraba y teníamos una muy buena amistad. Para un regalo de graduación de la escuela secundaria, Grace me compró una Biblia de cuero con mi nombre grabado en el frente. En la universidad, yo conocí a Jesucristo leyendo esa misma Biblia, que cambió totalmente mi relación con Grace. Cuanto más aprendía sobre el amor de Dios y como me buscaba, perdonaba y rodeaba, más aprendía sobre cómo tratar a Grace siguiendo el ejemplo de Dios.

Después de unos años, Grace y yo nos comprometimos. Para prepararnos para nuestra boda, nos reunimos con nuestro pastor que nos enseño que el matrimonio es un pacto que refleja la relación que Jesucristo tiene con su esposa, la Iglesia. Nos enseño de las Escrituras que la relación de Dios con nosotros es un pacto, que debemos invitarlo a nuestro matrimonio para que también sea una relación de pacto. Aparte de la Biblia, nadie piensa así, pero el concepto del pacto es algo revolucionario y necesario en nuestro mundo de relaciones, matrimonios, y familias rotas.

RELACIÓN DE PACTO CON DIOS

Inmediatamente después del primer pecado de nuestros padres, Dios responde a sus enemigos con una gracia que refleja a Jesucristo. En Génesis 3, Dios los buscó, les habló, les enseñó, cubrió su vergüenza y los envió lejos para que no vivieran para siempre separados de Dios. También les promete que Jesucristo vendrá para salvarles al derrotar al dragón. Todo lo que se perdió del primer Adán será restaurado en el último Adán: «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente», pero el último Adán—es decir, Cristo—es un Espíritu que da vida» [nota: 1 Cor 15:45].

La respuesta de Dios a nuestro pecado fue un pacto: un pacto salvador, glorioso y amoroso. Esto es porque Dios es, por su naturaleza trinitaria, un Dios de pacto. Como el Padre, Hijo y Espíritu Santo son una comunidad de pacto como un solo Dios, así también por gracia hacen pacto con los elegidos, a pesar del hecho de que son enemigos pecaminosos y rebeldes.

Dios decide entrar en una relación de pacto amorosa con traidores pecadores, lo que revela siete cosas acerca de Dios.

  • Dios es relacional y nos invite a una relación amorosa
  • Dios es amable y nos da todo, aunque no nos debe nada
  • Dios es soberano e inicia activamente un pacto con nosotros
  • Dios es Señor y establece los términos del pacto
  • Dios es Santo y empieza los pactos porque tiene un sacrificio por el pecado
  • Dios ama y derrama bendiciones para ayudarnos a obedecerle
  • Dios es justo y tiene consecuencias, o maldiciones, para los que no aceptan el pacto con Él

Hablando en términos prácticos, en el nivel más básico, un pacto es un acuerdo entre dos partes [nota: Gn. 26:28; Dn. 11:6.]. Varios pactos se hacen entre la gente, entre la gente y Dios, y entre Dios y la gente. En el Antiguo Testamento la palabra pacto aparece cientos de veces y es usada en una variedad de formas. Personalmente, Job hizo un pacto con sus ojos para no mirar a las mujeres con lujuria [nota: Job 31:1.]. En cuanto a las relaciones, se habla de un amor fraternal profundo como de pacto [nota: 1 Sm. 18:3.], así como el matrimonio [nota: Pr. 2:16–17; Mal. 2:14.]. Nacionalmente, los ancianos de Israel hicieron un pacto con el rey David [nota: 2 Sm. 5:3.]. Los beneficios de los pactos pueden incluir protección contra un enemigo [nota: Gn. 26:28–29; 31:50–52; 1 Re 15:18–19.], paz [nota: Js. 9:15–16.], bendición financiera [nota: 1 Ap 5:6–11.] y la obtención de una patria [nota: Gn. 23:14–16.].

Cuando la Biblia habla del pacto de Dios con su pueblo, está explicando cómo nuestra relación con Dios se hace por su provisión y existe en sus términos. El hecho de que Dios trata con su pueblo en pacto incluye todas estas gloriosas verdades. A través del pacto con Dios disfrutamos de una relación con él que es similar a la del matrimonio e incluye protección contra Satanás, nuestro enemigo; paz con Dios, aunque le declaramos la guerra a través del pecado; provisión material en esta vida y en la vida por venir y un reino venidero perfecto como nuestro hogar, donde Jesús reinará por siempre sobre todos como nuestro misericordioso rey de pacto.

La palabra para pacto es berit en hebreo y diatheke en griego. Un pacto es «un compromiso solemne, en donde se garantizan promesas u obligaciones asumidas por una o ambas partes, selladas con un juramento» [NOTA FINAL 1]. Cuando Dios entra en una relación de pacto con la humanidad, soberanamente instituye un vínculo de vida y muerte [NOTA FINAL 2]. Dicho de otra forma, un pacto es una relación de vida y muerto con Dios, en sus términos.

Como un vínculo, un pacto es una relación que compromete a la gente la una con la otra, a Dios con el pueblo de Dios y a la gente con Dios. Juramentos, promesas, y señales acompañan al vínculo o compromiso. Este aspecto de los pactos de Dios revela su gracia y su misericordia amorosa porque, aunque el pueblo no merece sino condenación, Dios da salvación de pacto.

Al iniciar los pactos, Dios nunca entra en una relación casualmente o informalmente. La relación de pacto implica la intensidad de vida y de muerte del vínculo. Esta intensidad se ve en tres tipos de pacto: de un ser humano a otro [nota: Gn 21:27, 32; 2 Sam 3:12, 13.], de Dios hacia los seres humanos [nota: Abraham: Gn 15:18; Moisés: Ex 24:8; Dt 5:2; David: 2 Cr 21:7; Sa 89:3; el nuevo pacto: Jer 31:31; Ez 37:26.] y de los seres humanos hacia Dios [nota: 2 Ap 11:17; 23:3; 2 Cr. 29:10.].

El establecimiento de un pacto es llamado «cortar o sellar un pacto». Usualmente implica el sacrificio de un animal. Esto simboliza o representa la maldición para sí mismo de quien realiza el pacto, en caso de violar el compromiso que hizo. Este aspecto de los pactos de Dios revela su santidad y justicia perfectas.

En un pacto con Dios no hay regateo, trueque o negociaciones de contrato concernientes a los términos en que el convenio se establece, y que el pacto con Dios no es algo que debamos ganar con nuestras buenas obras. Ese pacto es siempre una provisión de gracia del Señor que ama a su pueblo. El soberano Señor del cielo y de la tierra dicta los términos de los pactos de Dios. Es el pacto de Dios que es concebido, creado, determinado, establecido, confirmado y dispensado por Dios mismo, quien frecuentemente dice: «Estableceré mi pacto con ustedes» [nota: 15 Gn 6:18; 9:9, 11, 17; 17:7, 19, 21; Ex. 6:4; Ez 16:60, 62; Heb 8:8.] [NOTA FINAL 3]. Este aspecto de los pactos de Dios revela su mandato soberano como Señor. Dios establece cinco pactos principales en la Biblia con las siguientes personas [NOTA FINAL 4].

  1. Noé y su familia [nota: Gn. 6:18; 9:8–17.]
  2. Abraham y sus descendientes [nota: 12:1–3; 15:18; 17:1–14; 22:16–18.]
  3. Moisés y los israelitas [nota: Ex. 3:4–10; 6:7; 19:5–6; 24:8.]
  4. David y el reino de Israel [nota: 2 Sam. 7:8–19; Sa. 89:3.]
  5. El nuevo pacto de Jesús y la iglesia [nota: Mt. 16:17–19; 26:28; Lc 22:20.]

Para cada uno de estos pactos, es de ayuda resaltar cinco características especiales:

  1. El mediador del pacto (la persona con quien Dios hace el pacto) y su papel dentro del pacto (a quien representa el mediador)
  2. Las bendiciones prometidas en el pacto
  3. Las condiciones (o maldiciones) del pacto
  4. La señal por la cual el pacto será celebrado y recordado
  5. La forma que toma la familia de Dios como resultado del pacto

El propósito de estos pactos fue resolver el problema de la raza humana y el de todo el orden creado. A lo largo del Antiguo Testamento hacen eco las promesas y las relaciones de los pactos que redimirán al pueblo de Dios y restaurarán a la creación de Dios separada por el pecado. Es importante tomar nota de que los pactos en sí mismos no solucionan el problema, pero sí apuntan hacia la solución, Jesús.

DIOS CONTESTA NUESTRA MALDAD CON SU AMOR DE PACTO

A medida que se desarrolla la trama a lo largo del Antiguo Testamento, el amor de pacto se alude en diversos términos, pero el principal es jesed. De hecho, no sería incorrecto decir que la palabra jesed en esencia resume toda la relación de pacto de Dios con Israel. Jesed es el amor inagotable de Dios: el amor constante, fidedigno, perenne, indesmayable, generoso, extraordinario, desmedido, incondicional de Dios. Frecuentemente se traduce como amor de pacto, amor inagotable, misericordia, amor constante, amor leal, devoción, compromiso o confiabilidad.

Jesed aparece regularmente en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos. Se traduce típicamente como «amor» y a veces como «misericordia» [nota: Sa 23:6.]. Sin embargo, jesed tiene una definición mucho más limitada de lo que el término en castellano amor transmite. En las Escrituras hebreas jesed se refiere al tipo de amor que ha sido prometido y que se adeuda—amor de pacto—como en Oseas 11:1 «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé mi hijo».

El amor de pacto es el amor que Dios prometió dar a su pueblo del pacto, al cual ellos iban a corresponder, amando a Dios con todo su corazón, su mente y su fuerza. Jesed no sugiere algún tipo de amor genérico hacia todo el mundo. El rabino Kamsler propone que la mejor palabra para ser usada como traducción para jesed es lealtad, la cual se refiere a la fidelidad de pacto de Dios a causa de su amor por su pueblo [NOTA FINAL 5]. Tal vez The Jesus Storybook Bible (Biblia para niños, Historias de Jesús) para niños lo expone de la mejor forma: «Dios nos ama con un amor que nunca se detiene, nunca se rinde, nunca se rompe y es siempre y para siempre» [NOTA FINAL 6].

Malaquías 1:1-5 es una clara presentación de jesed. Malaquías abre con la declaración de la palabra de Yahveh: «Yo siempre los he amado». La gente no estuvo inmediatamente convencida de esta declaración; para ellos sonaba bien, pero, a causa de su estado de rebelión espiritual, no era convincente, porque las cosas no habían salido como ellos querían. «¿Cómo nos has amado?», le preguntaron.

La respuesta del profeta les recordó de su prestigio como pueblo elegido de Dios: «¿No es Esaú el hermano de Jacob? —dice Yahveh—. Yo les he demostrado mi amor de la siguiente manera: amé a su antepasado Jacob, pero rechacé a su hermano, Esaú». Malaquías enfatizaba que su existencia como pueblo de Dios era la más clara evidencia del amor de Dios. Dios eligió a los israelitas para ser su reino de sacerdotes en el mundo. Les dio las Escrituras, el templo, los sacerdotes, los profetas, los pactos y el Mesías. Su amor por ellos fue un amor eterno, y a pesar de que le fallaron otra vez, él todavía mantiene su pacto con ellos. Dios eligió no solo a Israel («Jacob») sino que cuidó a los israelitas cada vez que estuvieron en problemas. El asunto es que Dios protegió a Israel a lo largo del tiempo.

Ser el pueblo de Dios es un tema reiterado a lo largo de la Escritura: «Caminaré entre ustedes; seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo» [nota: Lv 26:12; Jer 32:38; Ez 37:27.]. La historia cristiana comienza con la creación en armonía, unidad y paz, y termina con una creación restaurada. En medio de estos dos pilares está el drama de la redención. Los pactos son los principales actos de este drama. El objetivo es ver el trabajo y la persona de Cristo a la luz del Antiguo Testamento y resaltar aspectos que posiblemente hayamos dejado pasar desapercibidos. El trabajo de Cristo está íntimamente relacionado para cumplir a cabalidad con cada uno de los cuatro pactos (con Noé, Abraham, Moisés y David) que Dios inició en el Antiguo Testamento. Salen a relucir nuevas dimensiones cuando el pacto de Jesús es entendido en el contexto de los pactos anteriores. Los pactos tienen que ver con la actividad de Dios y su intención de redimirnos, y los pactos nos cuentan sobre nosotros mismos: nuestra condición, nuestro quebrantamiento, nuestra dignidad, nuestro papel como imágenes de Dios, nuestro sufrimiento y nuestro llamado.

En lo que concierne a nuestro llamado, Christopher J.H. Wright escribe del pueblo del pacto de Dios (Israel y la iglesia):

Este pueblo también tiene una misión, derivada de la misión de Dios. De nuevo, la palabra es usada para indicar que este pueblo existe para un propósito, o más precisamente, que ha sido creado por amor a los propósitos de Dios. Sin embargo, en este caso, especialmente en el Nuevo Testamento (aunque sin desaparecer del Antiguo Testamento), el concepto de misión como de «enviando y siendo enviado» es un componente esencial en esa orientación general hacia el objetivo de la misión de Dios. [NOTA FINAL 7].

De hecho, una forma de caminar a través de la historia de Dios en la Escritura es ver a Dios enviando a su Hijo y a su pueblo al mundo a través de pactos, como un acto de adoración en relación con él mismo y como un acto de testimonio en relación con las naciones.

¿EN QUÉ CONSISTE EL PACTO CON NOÉ?

El llamado de Dios a Noé a construir el arca comienza con la larga genealogía de los descendientes de Adán hasta el nacimiento de Noé [nota: Gn 5:1–7:1.]. El principal punto teológico de la genealogía es demostrar que cada uno de los descendientes de Adán fue un pecador que vivió y murió sin excepción; lo revela de una forma bastante monótona y poco espectacular, diciendo simplemente «y después murió» repetidamente.

Pedro, haciendo una reflexión sobre la paciencia de Dios en los días de Noé, ve una correlación con nuestra propia época [nota: 2 Pd 3:3–7.]. A medida que pasan las décadas, siglos y milenios con muy pocos cambios en el mundo, es fácil para nosotros perder la esperanza de que las cosas algún día sean diferentes. ¿No se ha preguntado si Dios algún día cambiará el mundo de una forma dramática? Podemos dudar a veces, pero tengamos ánimo. Dios no dejó el pecado impune en la época de Noé; no dejará que el pecado siga sin castigo en el futuro. No dudó en rescatar a su gente del juicio en los días de Noé; no dudará en rescatarnos en el futuro. Cristo ciertamente regresará y nos traerá a un cielo nuevo y a una tierra nueva en su tiempo, al igual que trajo el Diluvio. Génesis 6:5-9 rompe el ciclo de solo pecado y muerte:

El Señor vio la magnitud de la maldad humana en la tierra y que todo lo que la gente pensaba o imaginaba era siempre y totalmente malo. Entonces el Señor lamentó haber creado al ser humano y haberlo puesto sobre la tierra. Se le partió el corazón. Entonces el Señor dijo: «Borraré de la faz de la tierra a esta raza humana que he creado. Así es, y destruiré a todo ser viviente: a todos los seres humanos, a los animales grandes, a los animales pequeños que corren por el suelo y aun a las aves del cielo. Lamento haberlos creado». Pero Noé encontró favor delante del Señor. Este es el relato de Noé y su familia. Noé era un hombre justo, la única persona intachable que vivía en la tierra en ese tiempo, y anduvo en íntima comunión con Dios.

Es fácil malinterpretar este pasaje y llegar a la conclusión de que Noé era un buen tipo que se ganó el favor de Dios a través de su buen proceder. Trágicamente, la historia de Noé se cuenta comúnmente así: «En los días de Noé toda la gente era malvada excepto Noé, un hombre justo que se ganó el favor de Dios. Por lo tanto, Dios lo salvó del juicio en el Diluvio». La aplicación práctica de esta versión de la historia es que hay hombres buenos y hombres malos y que Dios ama y salva a los buenos, pero mata a los malos, así que debemos ser buenos para que Dios nos ame y nos salve. Sin embargo, esta falsa enseñanza sobre Noé es contraria al resto de la Escritura y no es lo que dice Génesis 6:5-9.

Primero, Génesis 6:5-7 describe la depravación total de toda la humanidad con una de las declaraciones más negativas sobre el pecado humano en toda la Escritura. Esta afirmación sí incluye a Noé.

Segundo, Génesis 6:8 no dice que Noé trabajó duro para merecer el favor de Dios. Noé no comenzó como un hombre justo. Más bien lo hizo como un pecador entre pecadores. Su posición ante Dios fue un regalo de la gracia de Dios, no un resultado de las obras religiosas de Noé. Es hermoso que la palabra «favor» en este pasaje es la palabra hebrea para gracia, la cual aparece aquí por primera vez en la Biblia, a la que se le hace eco repetidamente a lo largo de la Biblia en la enseñanza de que la salvación es por gracia a través de la fe únicamente. A lo largo de la Escritura, las personas son salvas a través del inmerecido trabajo de Dios. Ya que todo el mundo era un pecador en la época de Noé—al igual que todo el mundo es un pecador en nuestros días—nadie se ganó el favor de Dios. El favor de Dios es un don gratuito. Así que Dios obra como siempre lo ha hecho, salvando a un pecador que no lo merecía por gracia únicamente, solo a través de la fe, permitiéndole así vivir una vida en justicia. Génesis 6:9 luego explica los efectos de la gracia de Dios hacia Noé: «Este es el relato de Noé y su familia. Noé era un hombre justo, la única persona intachable que vivía en la tierra en ese tiempo, y anduvo en intima comunión con Dios».

Ciertamente, Noé era un hombre justo y sin tacha quien, como Enoc, «caminaba con Dios» [nota: Gn 5:22, 24.]. y como Job, que fe señalado por Dios como un hombre «recto y sin tacha» [nota: Job 1:8; 2:3.], ante Satanás. Sin embargo, Noé solo era este tipo de hombre porque Dios lo salvó por gracia y le dio poder para vivir una vida de obediencia a él por esa misma gracia [NOTA FINAL 8].

Dios comenzó a hablarle directamente a Noé y a darle ordenes para obedecer. Dios le informó a Noé que planeaba acabar con el pecado, matando a todos los pecadores por medio de un enorme diluvio como juicio contra ellos. Luego Dios le dio ordenes a Noé para que construyera un arca. El arca medía unos cuarenta mil metros cúbicos, tenía la forma de un buque de guerra moderno y era lo suficientemente grande para albergar 522 carros de ferrocarril de hoy en día.

Noé obedeció a los mandatos de Dios y construyó el arca, probablemente solo con la ayuda de sus hijos. Hebreos 11:7 describe que Noé lo hizo en temor santo, como hombre de fe quien creía que Dios traería el Diluvio incluso mientras los demás continuaban en pecado sin arrepentimiento. Después de que Noé fue salvo por la gracia de Dios, construyó el arca de acuerdo con las instrucciones de Dios y embarcó a su familia junto con los animales como Dios se lo había ordenado, Dios envió la lluvia [nota: Gn 7:1–8:22.]. La lluvia continuó durante cuarenta días hasta que cubrió la tierra, ahogando a todos los pecadores bajo el justo juicio de Dios. Las únicas personas que se salvaron del Diluvio fueron Noé y su familia porque, como Génesis 6:8 lo afirma, Dios les dio gracia.

Luego de que el Diluvio se replegó, la tierra se separó del agua como en los días de la creación de Adán. En muchas formas, la historia de Noé repercute la historia de Adán, con una especia de nueva Creación, una nueva humanidad y una nueva Caída. Después de que las aguas retrocedieron y Dios secó el suelo, Noé y su familia salieron del arca. Entonces Noé hizo algo destacable que debemos tener cuidado de notar y de apreciar. En Génesis 8:20 leemos: «Luego Noé construyó un altar al Señor y allí sacrificó como ofrendas quemadas los animales y las aves que habían sido aprobados para este propósito». Reconociendo la devastación que Dios había acarreado sobre la tierra, Noé era consciente de su propio pecado; él sabía que él también debió haber muerto como todos los demás [nota: E.j., Lv 1:4; Job 1:5.]. Así que trajo una ofrenda de holocausto por la expiación de su pecado. A Dios le agradó tanto el ofrecimiento de expiación de Noé que respondió prometiendo nunca más volver a inundar la tierra; la respuesta al pecado de ahí en adelante sería la expiación, la cual anticipaba la muerte de Jesús por los pecados [nota: Gn 3:15].

Así Dios entró en un pacto con Noé que estaba dirigido a todos los pueblos de la tierra [nota: Gn 9:1–17]. Dios prometió que nunca más enviaría un diluvio cataclísmico y que las estaciones continuarían por la provisión de Dios. En este pacto podemos ver que la respuesta de Dios al pecado del hombre sería un pacto de gracia, comenzando por Noé. La señal del pacto fue el arco iris, para recordarle al pueblo de Dios de su promesa de nunca más inundar la tierra. A través del pacto, Dios renovó su intención de bendecir al pueblo.

Los términos del pacto para los seres humanos incluyen respeto por la santidad de la vida humana y la libertad de comer animales ya que, en este punto en la historia, la carne fue añadida a la dieta humana. Estos mandamientos son una progresión de las enseñanzas de Génesis 1 en las que, aunque la vida animal debe ser tratada con bondad, es inferior a la vida humana, que por sí sola lleva la imagen de Dios. El efecto del pacto es la renovación de las intenciones de Dios en la creación, al distinguir entre gente como Noé, quienes están en pacto con Dios, de aquellos que no lo están.

En Génesis 9:18-28 Noé respondió a la benevolencia de Dios embriagándose y perdiendo el conocimiento desnudo en su tienda, como un borrachín de vacaciones. Cam, el hijo de Noé, entró luego en la tienda y se quedó mirando la desnudez de su padre. El texto no nos dice mucho más allá de estos detalles, pero muchas personas han insertado numerosas especulaciones sobre lo que sucedió. Sea lo que haya sucedido, una cosa es segura: ambos, Noé y su hijo, pecaron.

En la historia de Noé tenemos una especie de segunda Caída; Dios comenzó de nuevo con Noé, quien pecó como Adán. El punto simplemente es que el pecado sigue siendo el problema humano incluso después del Diluvio. Además, el pacto con Noé nos revela que la nuestra no es solo una tierra maldita sino una tierra bajo pacto. El pacto con Noé es tanto para la humanidad como para toda la creación. En Génesis 9:9-10, Dios afirma: «Ahora mismo, yo confirmo mi pacto con ustedes y con sus descendientes, y con todos los animales salvajes–, con toda criatura viviente sobre la tierra». Por lo tanto, el plan de Dios es finalmente redimir a toda su creación junto con su pueblo del pacto.

Este deseo se demuestra en el hecho de que el Diluvio es en esencia un nuevo comienzo para la creación y la humanidad, a pesar de la naturaleza continua de la Caída. Noé y su familia son bendecidos y llamados a poblar la tierra y a ejercitar dominio sobre la creación, de una forma que hace eco con las instrucciones de Dios dadas a Adán y Eva. Adicionalmente, el mandato de la creación es renovado con un énfasis especial en respetar la vida y ejercer cuidado de la creación como administradores responsables de todo lo que Dios ha hecho.

Nos olvidamos fácilmente cuánto enriquece nuestra vida el pacto de Dios con Noé. Nos hemos acostumbrado tanto al orden de la creación que actuamos como si fuera algo automático, parte de la naturaleza misma. No obstante, a medida que los científicos aprenden más sobre nuestro mundo, podemos ver más claramente que el universo no es autosuficiente. La naturaleza es frágil; constantemente se tambalea al borde del desastre. Interrupciones en la cadena alimenticia, contaminación hídrica, cambios atmosféricos y una multitud de otras preocupaciones ambientales modernas nos demuestran dramáticamente que la tierra necesita del constante y providencial cuidado del Creador. La comida que comemos, el aire que respiramos, las calles por las que caminamos, los carros que manejamos, los libros que leemos, los edificios que construimos, las universidades que establecemos: todas estas cosas buenas de la vida han sido posibles porque Dios constantemente sostiene un lugar seguro para la humanidad para multiplicarse y para ejercitar dominio. Al meditar sobre la bendición de Dios en los días de Noé, deberíamos asombrarnos totalmente de su tremendo valor.

Resumen del pacto con Noé

Mediador humano Noé
Bendiciones del pacto La gracia salvadora de Dios y su promesa de no volver a inundar la tierra de nuevo
Condiciones del pacto No beber la sangre de animales y el mandato de que el pueblo de Dios debe honrar a los portadores de la imagen de Dios
Señales Interno: la fe, Externo: el arco iris
La comunidad del pacto Una familia

 

¿EN QUÉ CONSISTE EL PACTO CON ABRAHAM?

La respuesta de Dios a los esfuerzos de Babilonia de engrandecer su nombre fue el llamado a Abram para ser un hombre con un nuevo hombre que llegaría a ser el padre de una nueva nación que Dios haría grande por gracia. Con la aparición de Abram en Génesis 1-11 al tema de Dios llamando a la gente a entrar en pactos en los capítulos 12 al 50.

Dios no habló desde la época de su pacto con Noé hasta que le habló a Abram para iniciar una nueva relación de pacto [nota: Gn 12:1–3.]. Cuando Abram fue llamado por Dios para convertirse en el padre de una nueva nación, en el prototipo de una vida de fe y en uno de los más importantes hombres de la Biblia, él era simplemente otro pecador más viviendo entre las naciones esparcidas. De este modo, Abram fue lo que Noé había sido antes de que Dios lo llamara a pacto. Sabemos muy poco sobre Abram antes de ser llamado por Dios, aparte de su genealogía, su esposa infértil y su hogar temporal en Harán luego de haber nacido en Ur de los caldeos [nota: Gn 11:27–32.]. Ya que Nehemías 9:7 y Hechos 7:2-3 parecen indicar que Dios de hecho llamó a Abram en Ur de los caldeos y que la principal ciudad de los caldeos era Babilonia, Abram pudo incluso haber sido llamado de Babilonia como un babilonio que incluso pudo haber ayudado a construir aquella gran ciudad de Dios juzgó, demostrando la bondad de la gracia de Dios [nota: E.j., Is 13:19; 48:14; Jer 24:5; 25:12; 50:1; Ez 1:3; 12:13; 23:15.]. Es asombroso que Abram fuera aparentemente solo otro pecador más de una familia sin Dios, cuando de forma parecida a la de Noé, él también encontró gracia y favor ante los ojos del Señor [nota: Josué 24:2 nos dice que el padre de Abram «rindió cultos a otros dioses»].

Dios simplemente le dijo a Abram que dejara su patria y a su padre y que viajara a una nueva tierra que Dios le mostraría. Dios luego le prometió a Abram que, aunque su esposa era estéril, sería padre. Se le prometió una gran nación bendecida por Dios que sería de bendición a las naciones de la tierra a través de uno de sus descendientes, o simiente. Esto se refiere a la promesa de la «simiente» original de Génesis 3:15. El sustantivo está en singular, refiriéndose a Jesús. También es colectivo, refiriéndose a Israel, el portador de la promesa [nota: Gn 3:15; Mt 1:1, 17.]. Gálatas 3:16 conecta la promesa de la simiente de Abram con Jesucristo:

Dios ha dado las promesas a Abraham y a su hijo. Y noten que la Escritura no dice «a sus hijos», como significara muchos descendientes. Más bien, dice «a su hijo», y eso sin duda se refiere a Cristo.

De esta forma Dios prometió que la nación de Israel vendría a través de Abram y, como María, sería la «matriz» a través de la cual Jesucristo vendría para ser de bendición a todas las naciones. Este hecho es tan significativo que Gálatas 3:8 comenta sobre él diciendo: «Es más, las Escrituras previeron este tiempo en el que Dios declararía justos a los gentiles por causa de su fe. Dios anunció esa Buena Noticia a Abram hace tiempo, cuando le dijo: “Todas las naciones serán bendecidas por medio de ti”». A Abram también se le dijo que sus descendientes recibirían la Tierra Prometida si él rompía radicalmente con su pasado y dejaba su hogar en fe [nota: Gn 12:7–8; 13:18] .

Por fe Abram creyó y obedeció a Dios, haciendo lo que Dios le ordenaba a la edad de setenta y cinco años. Él tomó a su esposa, Saraí, a la gente de su casa y a su sobrino Lot, quien luego se convierte en una figura problemática en la historia. Nuevamente Dios se le apareció a Abram, quien respondió adorando a Dios en fe construyéndole un altar, algo que hace a lo largo del libro después de encontrarse con Dios [nota: Gn 13:18; 22:9.].

El punto central del relato de Abram se descubre cuando contrastamos a Abram con Babilonia en la historia que precedió a su llamado, la torre de Babel. Los babilonios buscaban ser una gran nación y un pueblo bendecido, grande en nombre, protegido de sus enemigos y el centro de los asuntos del mundo [nota: Gn 11:1–9.]. Sin embargo, ellos perseguían sus objetivos lejos de la fe y lejos de Dios. Así que Dios llamó a uno de ellos, Abram, a un pacto consigo mismo y prometió darle a Abram, de su provisión de gracia, todo lo que los babilonios habían buscado. Por lo tanto, Dios nos muestra que nuestra esperanza no puede apoyarse en el esfuerzo de pecadores por salvarse y bendecirse a sí mismos. Más bien, nuestra sola esperanza se encuentra al entrar en una relación de pacto con Dios por fe.

Aunque Dios le prometió a Abram un hijo a través de su esposa y una nación en la Tierra Prometida, Abram esencialmente regaló ambos [nota: Gn 12:10–13:18]. Afortunadamente, Dios sí intervino y, al infligir enfermedades al faraón y a los de su casa y al hacer que Lot eligiera otra tierra distinta de la Tierra Prometida, Dios cumplió con sus promesas a pesar de su siervo. El punto teológico central de estos relatos parece ser que a pesar de que los siervos de Dios son imperfectos, es la soberana protección del pacto de Dios la que los salva de sí mismos y hace que sus promesas de pacto se hagan realidad.

Génesis comienza con Dios hablando y preparando a la creación para la humanidad por el poder de su Palabra. A lo largo del Génesis Dios hasta entonces ha hablado con Adán, Noé y Abram. En Génesis 15:1 Dios habla de nuevo con Abram en una visión. Poéticamente Dios le promete a Abram ser su protector y su proveedor. Dios promete que, aunque Abram estaba sin hijo y su esposa, Saraí, era estéril, tendrían un hijo y que, a través de ese hijo, nacería una nación. Génesis 15:6 registra la respuesta de Abram a la palabra de Dios y se encuentra entre los versículos más importantes de la Biblia, diciendo «Y Abram creyó al Señor, y el Señor lo consideró justo debido a su fe».

Génesis 15:6 nos cuenta que Abram se atrevió a creer la poco probable promesa de Dios de tener un hijo a su avanzada edad. Esta es la clase de confianza total que recibe la promesa de Dios. Se convierte en un versículo que es central en la doctrina de la fe en el Nuevo Testamento en general y en la doctrina de la justificación por fe de Pablo en particular [nota: Rm 4:3; Gl. 3:6.]. Adicionalmente, Santiago, el medio hermano de Jesús, cita Génesis 15:6 para enseñar que la verdadera fe en Dios resulta en buenas obras en la vida con Dios [nota: St 2:23–24.].

El pacto de Dios con Abram fue confirmado con un sacrificio de sangre. Este apunta al nuevo pacto de salvación, que fue confirmado por la sangre de Jesucristo en la cruz.

El pacto de Dios con Abram, aunque sus descendientes heredarían la Tierra Prometida, no sería durante su vida sino luego de un futuro exilio de cuatrocientos años en Egipto, registrado en el Éxodo. Luego Dios marcó las fronteras de la Tierra Prometida, y los límites de aquella también coincidían con los del jardín del Edén [nota: Gn 2:10–14.].

A través de los tratos de Dios con Noé y Abram, hemos sido testigos de un patrón en el que Dios les habla, los llama a pacto, los establece como cabeza de una nueva humanidad, promete bendecirlos e invita a todo el mundo a responderle a él en fe. Luego vemos a cada uno de ellos trastabillar en la fe y pecar contra el Señor a pesar de su paciente bondad hacia ellos.

En Génesis 16 vemos este patrón repetido en otra mini Caída. Luego del establecimiento del pacto con Dios en Génesis 15, Abram buscó tomar las cosas en sus propias manos teniendo un hijo con su sirvienta egipcia y segunda esposa, Agar. La intriga sin fe fue tramada por Saraí, la esposa de Abram, quien, como su primera madre, Eva, no confió en las sencillas palabras de Dios y temió que Dios no cumpliera su promesa para con ella [nota: Gn 16:2.]. Sus acciones probablemente fueron motivadas, al menos en parte, por el hecho que habían estado esperando por más de diez años a que Dios les diera el hijo que les había prometido y Abram tenía ya ochenta y seis años, su esposa setenta y seis, y ella era estéril.

Siguiendo el pacto de Dios con Abram en Génesis 15 y el pecado sexual de Abram con Agar en Génesis 16, Dios instituye la circuncisión como señal del pacto abrahámico en Génesis 17. La circuncisión se realizó con un cuchillo afilado o piedra. La circuncisión comenzó en Génesis 17 con Abram, quien tenia noventa y nueve años de edad, como señal de su pacto con Dios, así como el arco iris fue la señal del pacto de Dios con Noé. Dios le habló a Abram y él respondió a los mandatos de Dios en fe, cayendo sobre su rostro para adorar a Dios. Luego Dios cambió su nombre de Abram, que significa «padre exaltado», a Abraham, que significa «padre de una multitud», ya que el tiempo de Dios para cumplir la promesa del hijo a Abram estaba muy cercano. Dios también amplió su pacto con Abraham para incluir a sus descendientes.

Dios luego le dijo a Abraham que el nombre de su esposa sería cambiado de Saraí a Sara, que significa «princesa». Dios también prometió que a través de Sara la princesa, vendrían reyes que efectuarían el cumplimiento final: el nacimiento de Jesucristo, quien es el Rey de reyes prometido a Judá, el bisnieto de Sara [nota: Gn 49:10.].

Cuando Dios reafirmó su promesa de Génesis 15 de que le daría a Abraham un hijo a través de Sara, él se rio de Dios desconfiado que él y Sara pudieran concebir como Dios lo había prometido [nota: Gn 17:17–18.]. En lugar de rendirse con Abraham, Dios en su gracia repitió su promesa una vez más, e incluso instruyó a Abraham para llamarlo Isaac, que significa «risa», ya que Dios reiría al último.

Abraham obedeció inmediatamente a Dios, tal como Moisés deja en claro escribiendo que lo hizo «ese mismo día» [nota: Gn 17:22–27.]. Abraham fue circuncidado a la edad de noventa y nueve años, junto con cada miembro de su casa tal como Dios lo había ordenado. Lo hizo porque Dios prometió que cualquier varón que no fuera circuncidado sería cortado por completo por Dios. Desde aquella ocasión los judíos han circuncido a sus hijos varones al octavo día, ya que ese fue el día elegido para su padre Isaac [nota: Gn 17:12; Flp 3:4-5.].

La Escritura amplía el concepto de la circuncisión de cortar el prepucio a cortar el pecado del corazón [nota: Dt. 10:16; 30:6; Jr. 4:4; Ez. 44:7–9; Rm. 2:25–29; Col. 2:11.]. Los descendientes de Abraham se extienden de hijos por nacimiento natural para incluir a aquellos que son descendientes por el nuevo nacimiento. Aquellos con corazones circuncidados por el Espíritu Santo son verdaderamente descendientes de Abraham ya que, como él, viven en una relación de pacto con Dios por su fe en Jesucristo [nota: Rm 4; Gl. 3:6–8.].

Génesis 21 termina con el sereno retrato de que la vida de Abraham por fin está completa bajo la bendición del pacto perfecto de Dios. A pesar de casi perder a su esposa en dos ocasiones, Abraham todavía tiene a Sara, y a pesar de esperar durante veinticinco años, Abraham finalmente tiene a su hijo Isaac, porque Dios es fiel.

Un tiempo después, probablemente cuando Isaac era un joven, Moisés relata que Dios probó a Abraham. Tal vez el punto de esta prueba no era para ver si Abraham tenía fe, sino más bien para demostrar la profundidad de su fe delante de su hijo Isaac, para que él también aprendiera a caminar por fe como su padre lo había hecho.

Haciendo eco del llamado inicial de Dios a Abraham en Génesis 12, Dios ordena a Abraham a «ir» y sacrificar a su hijo Isaac en holocausto [nota: Gn 22:1–2.]. Esto hubiera requerido que Abraham degollara a su hijo, lo desmembrara y quemara su cuerpo. Obedientemente Abraham se levantó temprano al día siguiente y, sin duda alguna, partió con su hijo a ejecutar lo que el Señor le había ordenado. La Biblia no tiene palabras adecuadas para descubrir la agonía de Abraham.

No obstante, justo antes de que Abraham matara a su hijo, con el cuchillo en el aire sobre él, el ángel del Señor (probablemente Jesús) llamó a Abraham del cielo y le ordenó no lastimar a su hijo. Luego Dios proveyó un carnero a ser sacrificado. Abraham, y Moisés, escribiendo setecientos años después, reconocieron esta futura provisión mesiánica prefigurada por Dios en la misma montaña, el monte Moría, también conocido como el monto Sion [nota: Gn 22:2, 14; 2 Cr 3:1.].

Las comparaciones entre este relato y la muerte de Jesús son muchas. Para ayudarle a verlas más claramente, las hemos listado:

  • Isaac y Jesús fueron ambos hijos de una promesa hecha muchos años antes de su nacimiento
  • Isaac y Jesús nacieron ambos de mujeres que no hubieran podido concebir sin un milagro
  • Isaac y Jesús eran ambos primogénitos
  • Isaac y Jesús fueron ambos amados grandemente por su padre/Padre
  • Isaac y Jesús fueron a la cima del monte Moría/monte Sion
  • Isaac cargó con la leña de su propio sacrificio, al igual que Jesús cargó la cruz de madera de su crucifixión
  • Isaac y Jesús cada uno dio su vida por su padre/Padre por su propia voluntad
  • Tanto el padre de Isaac como el Padre de Jesús sintieron ambos la agonía de matar un hijo inocente
  • Isaac regresó de entre los muertos de forma figurada mientras que Jesús regresó literalmente de entre los muertos
  • Isaac nos muestra Jesús, el Hijo, y Abraham al Padre en este retrato profético de su agonía mutual mientras que trabajan juntos para proveer redención para todas las personas en la misma área 2.000 años después

Luego de haber caminado con Dios por muchos años y de ver a Dios proveer en situaciones muy difíciles, Abraham aparentemente aprendió a confiar en Dios pasara lo que pasara. Este hecho revela que aquellos que están en pacto con Dios pueden madurar y crecer en la fe. La fe de Abraham en Dios era tan firma que él creía que incluso aunque matara al hijo que Dios le había dado a través de un milagro, Dios se lo devolvería por medio de otro milagro [nota: Heb 11:17–19.]. Después de todo, Abraham también había perdido a su esposa en dos ocasiones solo para ver cómo Dios se la devolvía. Abraham creía que Dios haría lo mismo con Isaac porque Dios siempre cumple con sus promesas de pacto.

Por último, la promesa de Jesucristo es que él vendría como la simiente de Abraham y la bendición a todas las naciones de la tierra. Apocalipsis 7:9-10 revela el cumplimiento de este aspecto del pacto abrahámico al final de los siglos, alrededor del trono de Jesús:

Después de esto vi una enorme multitud de todo pueblo y toda nación, tribu y lengua, que era tan numerosa que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero. Vestían túnicas blancas y tenían en sus manos ramas de palmeras. Y gritaban con gran estruendo: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono y del Cordero!».

Resumen del pacto con Abraham

Mediador humano Abraham
Bendiciones del pacto Un hijo por lo que vendría Jesucristo el Hijo
Condiciones del pacto Obediencia al Dios virtuoso y justo
Señales Interno: la fe, Externo: la circuncisión
La comunidad del pacto Una familia y una nación que proviene de esa familia

 

¿EN QUÉ CONSISTE EL PACTO CON MOISÉS?

Éxodo demuestra poderosamente la fidelidad de Dios a su promesa de pacto con Abraham. De una pareja anciana y infértil nació una nación de tal vez un millón en el curso de cuatrocientos años. Es asombroso que todo el evento del Éxodo le fuera prometido a Abram por Dios mismo [nota: Gn 15:13–15]. Como fue prometido, el pueblo de Dios fue esclavizado por cuatrocientos treinta años y luego liberado por el juicio de Dios contra los egipcios.

En las escenas finales del Génesis nos enteramos que José, descendiente de Abraham, ha sido vendido como esclavo por sus celosos hermanos mayores. Sin embargo, Dios elevó a José a una posición de poder y prominencia como principal consejero del faraón, el gran mandatario de Egipto. A causa del ejemplar servicio de José y de la sabiduría de Dios, toda la nación de Egipto fue liberada de la hambruna y a los hebreos se les dio privilegio y dignidad como extranjeros en Egipto.

La historia del Éxodo comienza señalando que, en los años siguientes a la muerte de José, un nuevo faraón llegó al poder, quien ya no se acordaba del servicio de José o del privilegio dado a su pueblo. Esclavizó al pueblo de Dios y los trató con crueldad, intentando el genocidio, por temor al aumento de su población [nota: Ex 1:1–15:21.]. El imperio egipcio fue el más poderoso de la tierra por unos mil trescientos asombrosos años, el doble de los afamados imperios griego y romano. No obstante, el faraón era adorado como un dios y no tenía consideración por el Dios de Israel.

En Éxodo 3 Dios hace su aparición hablando directamente con Moisés, prometiendo liberar a su pueblo del pacto de la esclavitud. Revela su ternura en su poderosa protección cuando responde al clamor de su pueblo [nota: Ex 2:23–25; 3:7–10.] In. En Éxodo 3:14, Dios se revela a sí mismo por nombre, diciendo: «Yo soy el que soy. Dile esto al pueblo de Israel: “Yo soy me ha enviado a ustedes”». En el sentir hebreo, un nombre comprende la esencia total y la identidad de una persona. Así que, al tener un nombre, Dios se reveló a sí mismo como persona y dio acceso sagrado a un entendimiento y a una experiencia de su persona. Así que, al tener un nombre, Dios se reveló a sí mismo como persona y dio acceso sagrado a un entendimiento y a una experiencia de su persona. El divino nombre Yahveh revela su eterna autoexistencia. Es un ser relacional, inmutablemente fiel y confiable, quien desea la confianza total de su pueblo. Al mencionar su nombre, le recuerda a Moisés y al pueblo de su promesa de ayudarlos en fidelidad al pacto.

Los hebreos tenían tanto temor de blasfemar contra Dios que no pronunciaban este nombre sagrado ni lo escribían por completo con sus vocales. Lo escribían YHWH. Ha habido algún debate sobre cómo debe ser escrito y pronunciado exactamente, pero la mayoría de los estudiosos reconocen ahora que la pronunciación más correcta es Yahveh. Jesús toma luego este mismo nombre para designarse a sí mismo como la Persona quien le habló a Moisés desde la zarza ardiendo, y estuvo cerca de ser asesinado por decirlo [nota: Ex. 3:14; cf. Jn 8:58.].

Dios actuó decisivamente en su juicio contra Egipto, liberando a su pueblo a través de las diez plagas que culminaron con la muerte del primogénito de Egipto. Pasó sobre las casas de Israel porque obedecieron fielmente sus instrucciones de pintar los marcos de las puertas con la sangre de un cordero sacrificado. Caminaron por el Mar Rojo en tierra seca y observaron cómo se ahogaron los egipcios que los perseguían cuando el agua regresó a su cauce. En esto podemos ver claramente que la vida y la muerte giran alrededor de si confiamos y obedecemos a Dios o no.

En Éxodo 19 leemos que Dios condujo a su pueblo al pie del monte Sinaí justo como se lo había prometido a Moisés desde la zarza ardiente [nota: Ex 3:12.]. Sin embargo, al pueblo de Dios le estaba prohibido ascender o incluso tocar la montaña y entrar en la presencia de Dios a causa de su pecado. Cualquier violación a este mandamiento prometía traer la muerte inmediata, ya que Dios quería que su pueblo supiera que no pueden ascender hacia él; a cambio de esto, él inicia la relación y desciende hacia ellos, como eventualmente ocurrió con la encarnación de Jesucristo. Se les dijo que se purificaran durante tres días y que se preparan a recibir el mensaje que Dios les daría por medio de sus mediadores, el profeta Moisés y el sacerdote Aarón.

Dios comienza recordándoles su fidelidad y su poderosa redención: «Ustedes vieron lo que hice con los egipcios. Saben cómo los llevé a ustedes sobre alas de águila y los traje hacia mí» [nota: Ex 19:4–6.]. Basado en su gracia y provisión, les pidió su fiel respuesta: «Ahora bien, si me obedecen y cumplen mi pacto…». Su propósito es «ustedes serán mi tesoro especial entre todas las naciones de la tierra, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán mi reino de sacerdotes, mi nación santa».

Dios les dio los Diez Mandamientos, los cuales tenían la intención de guiar su vida como pueblo santo. Sin embargo, en vez de responder en fe, su miedo los alejó de Dios [nota: Ex 20:18–19.], comenzando un patrón de alejamiento en lugar de un acercamiento y de desobediencia, profanación y adulterio espiritual, culminando en juicio. Christopher J.H. Wright dice:

Como el pueblo de YHWH tendrían la tarea histórica de llevar el conocimiento de Dios a las naciones, y de llevar a las naciones los medios del perdón con Dios. La tarea de bendecir a las naciones también los pone en el papel de sacerdotes en medio de las naciones. Este movimiento dual se refleja en las visiones proféticas de la ley/luz/justicia y otras de YHWH saliendo hacia las naciones desde Israel/Sion y de las naciones viniendo hacia YHWH/Israel/Sion. […] El sacerdocio del pueblo de Dios tiene por lo tanto una función misional. [NOTA FINAL 9].

Las condiciones para disfrutar del pacto se centraban en obedecer todas las leyes de Dios, sintetizadas en los Diez Mandamientos, los cuales se basan en que únicamente Dios es adorado. Acerca de este punto Wright sostiene:

La prioridad de la gracia es un premisa teológica fundamental al aproximarse a la ley y ética del Antiguo Testamento. La obediencia a la ley se basaba en, y era una respuesta a, la salvación de Dios. Éxodo tiene dieciocho capítulos de redención antes de un solo capítulo de ley. Lo mismo es cierto en relación con la misión de Israel entre las naciones. De cualquier forma en que Israel fuera o llegara a ser de bendición a las naciones, sería con base en lo que Dios había hecho por ellos, no con base en su propia superioridad en cualquier sentido. [NOTA FINAL 10].

La ley de Moisés

Los libros de Moisés (desde Génesis hasta Deuteronomio) contienen más de seiscientos mandamientos. La cuestión de si los cristianos en el nuevo pacto están bajo la ley de Moisés es increíblemente complicada, con implicaciones en la vida diaria: [NOTA FINAL 11] ¿Pueden los creyentes comer tocino? ¿Podemos cobrar intereses sobre el dinero prestado? ¿Debemos practicar el día de descanso? Sobre algunas cosas hay acuerdos comunes.

Primero, el Nuevo Testamento declara que la ley es «santa, justa y buena» [nota: Rm 7:12; 1 Tim 1:8.]. Segundo, la ley nos muestra nuestro pecado [nota: Gal 3:19–25.]. Tercero, Jesús cumplió con la ley a la perfección por todos nosotros [nota: Mt 5:17–18.]. Cuatro, la justificación (ser declarado justo ante Dios) está totalmente aparte de cumplir con la ley [nota: Rm 3:21, 27–28; 4:1–5; Gal 2:16; 3:11; 5:4; Fil 3:9.]. Quinto, aquellos que dicen que a los creyentes se les requiere cumplir con toda la ley para ser santificados están equivocados [nota: Gal 5.]. Sexto, los Diez Mandamientos expresan principios fundamentalmente importantes para la vida cristiana. Séptimo, no todas las leyes del antiguo pacto son de cumplimiento para los cristianos; por ejemplo, no tenemos que sacrificar animales y podemos llevar ropa hecha de distintos tipos de materia.

La dificultad es que no debemos ignorar todas las leyes del antiguo pacto (por ejemplo, el robo y el homicidio) y no deberíamos retener todas las leyes del antiguo pacto (por ejemplo, apedrear a los adúlteros). Una solución propuesta es dividir la ley en tres categorías:

  1. Leyes ceremoniales, referentes al sacerdocio, sacrificios, el templo, la limpieza ritual y otros, son ahora cumplidos en Jesús y por lo tanto y a no son de cumplimiento. Casi todo el libro de hebreos es acerca de este tema a causa de los judíos que luchaban con las leyes del Antiguo Testamento una vez que eran salvos. Estas leyes ya no son de cumplimiento para nosotros porque Jesús es nuestro sacerdote, templo, sacrifico y el que nos limpia, entre muchas otras cosas.
  2. Leyes civiles son aquellas que conciernen al gobierno de Israel como una nación gobernada por Dios. Como ya no somos una teocracia, estas leyes, aunque nos proveen entendimiento, ya no nos gobiernan directamente. Romanos 13:1-6 expone que debemos obedecer a nuestro gobierno pagano porque Dios también trabaja a través de él.
  3. Leyes morales se refieren a mandamientos que prohíben cosas tales como la violación, el robo, el homicidio y otras. Estas leyes aún son de cumplimiento para nosotros, aunque Jesús cumplió con sus requerimientos a través de su vida sin pecado. Nueve de los Diez Mandamientos son repetidos por Jesús, con la sola excepción del día de descanso, ya que es parte de la ley ceremonial y ahora descansamos en Jesús.

Por lo tanto, de acuerdo con esta explicación, las leyes ceremoniales y civiles ya no son de cumplimiento para nosotros, pero las leyes morales sí lo son.

Otros ven la solución en esta afirmación: toda la ley es válida hasta que su propósito sea cumplido en Cristo [nota: Rm 10:4; Col. 2:17.]. Ahora que la tarea de Jesús está completa, la ley de Moisés es abolida y estamos ahora bajo la ley de Cristo: ama a Dios y a tu prójimo como nos guía el Espíritu. Esto parece estar apoyado en las enseñanzas de Pablo en Gálatas 3:16-4:7 concernientes en que la ley fue añadida a la promesa de Dios a Abraham cuatrocientos treinta años después, a causa del pecado [nota: Gal 3:16–4:7]. Mantuvo prisionero al pueblo de Dios hasta que vino Jesús. Pablo resume: «Dicho de otra manera, la ley fue nuestra tutora hasta que vino Cristo; nos protegió hasta que se nos declarara justos ante Dios por medio de la fe. Y ahora que ha llegado el camino de la fe, ya no necesitamos que la ley sea nuestra tutora» [nota: Ga. 3:24–25.]. Por lo tanto, debemos mantener los mandatos abrahámicos para ser leales a Dios (nota: Gn 12), confiar en su Palabra incluso cuando no tiene sentido (nota: Gn 15), mantener el camino de Dios para ser justo (nota: Gn 18:18-19) y buscar la provisión del Mesías (nota: Gn 22). Jesús resume esta justicia permanente en la ley de Cristo: ama a Dios y a su prójimo como lo guía el Espíritu [Nota: Mt 22:36-40; Lc 10:27; Mc 12:30-31; Rm 8; 13:8–10; 1 Cor 9:20–21; Gal 5:14; St 2:8.].

La relación entre Moisés y Jesucristo se evidencia en un número de lugares y de formas a través de las Escrituras. En Deuteronomio 18:18, Dios le dice a Moisés: «Levantaré un profeta como tú de entre sus hermanos israelitas. Pondré mis palabras en su boca, y él dirá al pueblo todo lo que yo le ordene». Más de un milenio más tarde, en Hechos 3:17-22, Pedro cita Deuteronomio 18:18 y aplica su cumplimiento a Jesucristo; por lo tanto, la venida eventual de Jesús fue prometida a Moisés. Hebreos 3:1-6 afirma que Jesús y Moisés fueron fieles a la dirección del Padre, pero que Jesús es digno de mayor honor porque es mucho más grande incluso a Moisés.

El evangelio de Jesucristo es anticipado clara y repetidamente a lo largo de la historia del Éxodo. Comienza con Dios haciendo una promesa de elegir un pueblo como el suyo propio en el pacto con Abraham. Su pueblo luego es llevado a la esclavitud y gobernado por un señor cruel y sin Dios (anticipando a Satanás y al pecado). Incapaces de salvarse a sí mismos, Dios mismo interviene para redimirlos de la esclavitud y para llevarlos a la libertad para que puedan adorarlo solamente a él por su mano milagrosa (anticipando la muerte y resurrección de Jesús para liberarnos de nuestra esclavitud, incluyendo nuestra esclavitud autoinfligida a faraones tales como las drogas, el alcohol, el sexo y la comida). Resistiendo los continuos esfuerzos de Dios para dirigir a su pueblo como él lo desea, la gente murmura contra Moisés y añora regresar a Egipto (anticipando la lucha del creyente contra su carne).

Sin embargo, la fidelidad de Dios persiste y él continúa dirigiendo a su pueblo acompañándolos en la columna en y en la nube y proveyendo para sus necesidades con amor, mientras los dirige en un viaje a una tierra de descanso y de promesa (anticipando el cielo) [nota: Ex 40:34-38]. La interacción de Dios con su pueblo es claramente la de una Dios viviente quien habla, actúa, ama, declara sus leyes, juzga el pecado, libera, redime, provee y está presente con ellos. El cuadro central del evangelio en Éxodo es uno de redención por pacto.

Todos estos temas están incluidos en la inauguración de la Pascua en Éxodo. En los días previos a su muerte, Jesús era un hombre joven de quizás 33 años. Jesús empezó a hablar abiertamente sobre su muerte pendiente, incluida en la cena de Pascua que comió con sus amigos como su Última Cena. Allí, Jesús cambió quince siglos de tradiciones, mostrando que la comida de la Pascua, que el pueblo de Dios ha comido anualmente, se cumplió en Él. La Pascua conmemora la noche en Egipto cuando, por fe, el pueblo de Dios cubrió los postes y los dinteles de las puertas de sus casas con sangre para que sus hijos mayores no murieran [nota: Ex 6–12]. Jesús, el hijo mayor de Dios, también vino a morir y cubrirnos con su sangre para que la ira de Dios nos pase como la esencia del nuevo pacto [nota: Lc 22:19–21] porque Jesús es nuestro cordero de Pascua [nota: 1 Cor 5:7].

Resumen del pacto con Moisés

Mediador humano Moisés
Bendiciones del pacto Redención de la esclavitud y la libertad para adorar a Dios
Condiciones del pacto Obediencia a las leyes de Dios, incluyendo los Diez Mandamientos
Señales Interno: la fe, Externo: la Pascua
La comunidad del pacto Un reino santo de sacerdotes que sirven a las naciones

 

¿EN QUÉ CONSISTE EL PACTO CON DAVID?

Debido a que Dios fue fiel a su pacto con Noé, los pecadores continuaron viviendo y multiplicándose sobre la tierra. Debido a que Dios fue fiel a su pacto con Abraham, sus descendientes se convirtieron en una nación. Y debido a que Dios fue fiel a su pacto con Moisés, la nación se asentó en su Tierra Prometida, lo cual abre el escenario de la historia para el establecimiento de una monarquía para gobernar sobre el reino de Israel. En 2 Samuel 7:8-16, Dios elige a David para ser el próximo intermediario del pacto:

Esto ha declarado el Señor de los Ejércitos Celestiales…Le daré una patria a mi pueblo Israel y lo estableceré en un lugar seguro donde nunca será molestado…Además, el Señor declara que construirá una casa para ti, ¡una dinastía de reyes! Pues cuando mueras y seas enterrado con tus antepasados, levantaré a uno de tus hijos de tu propia descendencia y fortaleceré su reino…Tu casa y tu reino continuarán para siempre delante de mí, y tu trono estará seguro para siempre.

David estaba justamente abrumado por la promesa del pacto de gracia, no solo que un joven pastor sería rey, sino que de él vendría un Rey cuyo reino duraría para siempre y sería gobernado por nadie menos que el Hijo de Dios. La humilde respuesta de David al pacto por gracia de Dios está registrada en 2 Samuel 7:18-19:

Entonces el rey David entró y se sentó delante del Señor y oró: «¿Quién soy yo, oh Señor Soberano, y qué es mi familia para que me hayas traído hasta aquí? Y ahora, Señor Soberano, sumado a todo lo demás, ¡hablas de darle a tu siervo una dinastía duradera! ¿Tratas a todos de esta manera, oh Señor Soberano?»

La promesa del pacto con David de un reino eterno era tan atesorada por el pueblo de Dios que ellos adoraban a Dios en la fe de que sería fiel a las promesas del pacto, tal como lo había sido con Noé, Abraham y Moisés. Un ejemplo de esto se encuentra en el Salmo 89:3-4, el cual declara: «Dijo el Señor: «Hice un pacto con David, mi siervo escogido. Le hice este juramento: “Estableceré a tus descendientes como reyes para siempre; se sentarán en tu trono desde ahora y hasta la eternidad”».

Las Escrituras continúan registrando cómo Dios vertió una medida especial de su gracia sobre Israel en la época de David para elevar a su pueblo a mayores alturas de dignidad. Transformó a la nación de una vaga confederación de tribus en un fuerte imperio. David y varios de sus hijos lograron mucho mientras gobernaban a Israel.

Sin embargo, el Antiguo Testamento registra un final triste para la casa de David. El pecado de los hijos de David hizo que Dios retirara el trono de Jerusalén. La nación y su rey fueron al exilio en Babilonia. Los profetas predijeron que un descendiente de David restauraría la nación.

Como podemos ver la turbulencia en el actual reino de Israel, tenemos que preguntarnos qué pasó con las promesas de Dios ¿No le aseguró Dios a David una dinastía sin fin? ¿Qué pasó con las bendiciones del reino prometido a Israel?

El Nuevo Testamento contesta estas preguntas al identificar a Jesús como heredero del trono de David. Mateo y Lucas compusieron extensas genealogías para demostrar que él era el descendiente de David [nota: Mt 1:2–16; Lc 3:23–37.]. Jesús nació en Belén, la ciudad de David, cuando la providencia de Dios trajo a María embarazada a registrarse allí para un censo del gobierno [nota: Lc 2:4–6.]. Como último heredero de David, Jesús trae incomparables bendiciones del reino al pueblo del pacto con Dios. Él cumple con todas las esperanzas del honor asociado con la sucesión real en maneras que van mucho más allá de lo que David y sus otros hijos lograron.

Las bendiciones del reino de Cristo abarcan una larga lista de beneficios para el pueblo del pacto con Dios. Para obtener un vistazo de lo que Cristo hace por nosotros, nos enfocaremos en tres bendiciones que vinieron a través del linaje de David durante el período del Antiguo Testamento. Luego veremos cómo Cristo trae estos dones al pueblo de Dios en la era del Nuevo Testamento.

  1. La casa de David tenía que proveer protección a Israel contra el mal. David y sus hijos tenían la responsabilidad de salvaguardar a la nación. Aunque la ofensiva por la conquista de la tierra disminuyó, la casa real tenía la responsabilidad de proveer seguridad continua. Por esta razón los reyes de Israel erigieron murallas y mantuvieron ejércitos. Cada miembro responsable de la casa de David ideaba formas de proteger al pueblo.
  2. El linaje real de Judá debía asegurar la prosperidad para el pueblo de Dios. Dentro de las murallas de la protección real Israel prosperó más allá de toda medida. La justicia prevalecía cuando el rey hacía cumplir la ley. La gente podía vivir y trabajar sin temor a los criminales. Las condiciones económicas mejoraron en la medida en que los hijos de David hacían su trabajo correctamente. Cuando los reyes gobernaron la tierra en justicia el pueblo prosperó. La casa de David no solo protegió al pueblo de Dios de sus enemigos, sino que también trajo prosperidad a la tierra.
  3. La casa de David había sido ordenada divinamente para asegurar la presencia especial de Dios entre el pueblo. David pasó su vida preparando la construcción del templo, un edificio permanente para la presencia de Dios. Salomón construyó el templo y centró su reino en él. Los reyes de Judá siempre cargaron sobre sí la responsabilidad de mantener el correcto funcionamiento del templo. Sin la presencia de Dios todos los esfuerzos de la realeza eran en vano. No podía haber ni protección ni prosperidad sin la presencia de Dios. Las oraciones, sacrificios y canciones asociadas con el templo de Israel eran las fuentes de las cuales fluían todos los beneficios del reino.

Las bendiciones para el reino de protección, prosperidad y presencia divina no cesaron con el Antiguo Testamento. Estas antiguas realidades anticiparon mayores beneficios por venir en Cristo. No obstante, debemos recordar que Jesús imparte estas bendiciones para el reino en dos etapas. Él trajo protección, prosperidad y presencia divina en su primera venida, la cual disfrutamos ahora, y las traerá en su segunda venida, la cual aguardamos por fe.

Samuel ungió a David como rey de Israel [nota: 1 Sm 16.], pero pasó mucho tiempo antes de que comenzara a reinar en el trono [nota: 2 Sm 5.]. Mientras tanto David reunió seguidores que le eran leales, influenciando la vida en el reino gobernado por el malvado Saúl hasta el día en que David comenzó a reinar en el trono. De forma similar, luego de su resurrección y ascensión, Jesús se elevó a la diestra del Padre como rey ungido. Desde ese lugar un día regresará a la tierra como rey gobernante sobre el trono histórico de David. Mientras tanto está reuniendo seguidores fieles quienes continuarán la misión de traer gente a la gloria del reino. Desde su posición exaltada Jesús otorga beneficios del reino al pueblo de Dios.

En esta etapa inicial las bendiciones de Cristo son de una naturaleza primordialmente espiritual. Jesús garantizaba protección a sus seguidores: «Nadie puede quitármelas» [nota: Jn 10:28b.]. Como dice 1 Juan 4:4: «El Espíritu que vive en ustedes es más poderoso que el espíritu que vive en el mundo». Ni las fuerzas humanas ni las sobrehumanas nos pueden robar nuestra salvación en Cristo. Como nuestro rey, Jesús protege a cada uno de se pueblo del pacto.

Cristo también bendice a su pueblo con prosperidad espiritual. Pablo nos dice que «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales […] porque estamos unidos a Cristo» [nota: Ef. 1:3.]. Jesús dijo que vino para «darles una vida plena y abundante» nota: Jn 10:10.]. Cristo garantiza prosperidad espiritual para el pueblo de su reino.

Finalmente, Cristo provee la presencia de Dios entre su pueblo. Cuando Jesús regresó al cielo retiró su presencia física, pero envió al Espíritu Santo a reconfortar a sus seguidores con la seguridad de la cercanía de Dios: «No los abandonaré como huérfanos; vendré a ustedes» [nota: Jn 14:18.]. Por esta razón les pudo prometer a sus apóstoles: «Estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos» [nota: Mt 28:20.].

Las bendiciones del reino que disfrutamos hoy son grandiosas, pero debemos recordar que son principalmente espirituales. Cristo no nos promete protección de toda maldad física en esta etapa de su reino. De hecho, les advirtió a sus seguidores que padecerían persecución y sufrimiento: «Ya que me persiguieron a mí, también a ustedes los perseguirán» [nota: Jn 15:20b.]. Aún más, el pertenecer al reino de Cristo no garantiza prosperidad material ni salud física hoy. Las pruebas de pobreza y de enfermedad física permanecen con muchos de nosotros, como la primera carta de Pedro continuamente nos lo comunica. Finalmente, Cristo tampoco nos ofrece su presencia física en esta época. Él está presente en el Espíritu, pero nosotros ansiamos verlo y tocarlo de nuevo. La iglesia ahora grita: «¡Ven, Señor Jesús!» [nota: Ap 22:20.].

Tenemos las primicias del reino, por lo cual ansiamos el reino en su plenitud [nota: Rm 8:23; 1 Co. 15:20–24.]. Aunque Cristo solo nos garantiza bendiciones espirituales hoy, su protección, prosperidad y presencia se extenderán incluso a niveles físicos cuando él regrese. Dentro de la nueva creación estaremos protegidos contra toda forma de maldad, tanto física como espiritual. Los enemigos de Dios serán totalmente destruidos y no tendremos nada que temer:

Después de eso, vendrá el fin, cuando él le entregará el reino a Dios el Padre, luego de destruir a todo gobernante y poder y toda autoridad. Pues Cristo tiene que reinar hasta que humille a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el último enemigo que será destruido es la muerte [nota: 1 Cor. 15:24–26.].

En la plenitud del reino de Cristo recibiremos cuerpos físicos glorificados. Toda enfermedad y pena desaparecerán: «No habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor» [nota: Ap 21:4.]. Finalmente, cuando Cristo regrese no ansiaremos estar en su presencia física porque él estará entre nosotros. Conoceremos la presencia de Cristo tanto espiritual como físicamente. Tal como dijo Juan, en la Nueva Jerusalén: «No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son el templo» [nota: Ap 21:22.].

Así, Cristo cumple con todas las esperanzas del pacto con David. Él trae las bendiciones del reino de Dios a todos los que sirven fielmente. David y sus hijos derramaron enromes beneficios al pueblo de Dios, pero aquellas bendiciones del Antiguo Testamento se quedan cortas en comparación con la dignidad para la cual fuimos designados y a la totalidad de la gracia del pacto con Dios. Solo Cristo trae las bendiciones del reino del pacto en plenitud.

De hecho, el pacto de David se cumple a medida que las naciones llegan a conocer a Jesucristo como Rey de reyes a través del evangelismo y el establecimiento de iglesias. Esto explica por qué la gran oración del Salmo 72 acerca del reino de Jesús incluye este eco del pacto con Abraham en el versículo 17: «Que el nombre del rey permanezca para siempre; que se perpetué mientras el sol brille. Que todas las naciones sean bendecidas por medio de él, y lo elogien». Es asombroso que la gracia del pacto con Dios sea un auténtico regalo global.

Resumen del pacto con David

Mediador humano David
Bendiciones del pacto Un reino que traería el Rey Jesucristo
Condiciones del pacto Alabar a Dios en el templo
Señales Interno: la fe, Externo: el trono
La comunidad del pacto El Reino

 

¿EN QUÉ CONSISTE EL NUEVO PACTO?

Nuestro estudio de los pactos nos lleva ahora al último y máximo pacto de toda la Escritura, aquel que es el cumplimiento y la extensión de todos los pactos anteriores entre Dios y su pueblo, expandiendo sus beneficios a pueblos de todas las naciones de la tierra. Jeremías 31:31-34 prometió el nuevo pacto:

«Se acerca el día —dice el Señor—, en que haré un nuevo pacto con el pueblo de Israel y de Judá. Este pacto no será como el que hice con sus antepasados cuando los tomé de la mano y los saqué de la tierra de Egipto. Ellos rompieron ese pacto, a pesar de que los amé como un hombre ama a su esposa», dice el Señor. «Pero este es el nuevo pacto que haré con el pueblo de Israel después de esos días —dice el Señor—. Pondré mis instrucciones en lo más profundo de ellos y las escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no habrá necesidad de enseñar a sus vecinos ni habrá necesidad de enseñar a sus parientes diciendo: “Deberías conocer al Señor”. Pues todos ya me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande —dice el Señor—. Perdonaré sus maldades y nunca más me acordaré de sus pecados».

Muchos años después de que Jeremías profetizó, al acercarse la Pascua, Jesucristo se sentó con sus discípulos a celebrar el pacto de Moisés compartiendo la cena de Pascua. Por más de un milenio, el pueblo del pacto de Dios había compartido la Pascua siguiendo un mandamiento estricto con sagradas afirmaciones de la promesa intercaladas a lo largo de la cena. Muy consciente de la magnitud del momento, Jesús no pronunció las palabras que la tradición había dictado. En cambio, Mateo 26:26-29 registra:

Mientras comían, Jesús tomó un poco de pan y lo bendijo. Luego lo partió en trozos, lo dio a sus discípulos y dijo: «Tómenlo y cómanlo, porque esto es mi cuerpo». Y tomó en sus manos una copa de vino y dio gracias a Dios por ella. Se la dio a ellos y dijo: «Cada uno de ustedes beba de la copa, porque esto es mi sangre, la cual confirma el pacto entre Dios y su pueblo. Es derramada como sacrificio para perdonar los pecados de muchos. Acuérdense de lo que les digo: no volveré a beber vino hasta el día en que lo beba nuevo con ustedes en el reino de mi Padre».

En el nuevo pacto Dios no solo nos da un simple mediador humano, sino al segundo miembro de la Trinidad misma apareciendo en la historia humana como el hombre Jesucristo. Esta vez, en lugar de acabar con la vida humana como lo hizo cuando inundó la tierra en los días de Noé o de requerir sacrificios para el pecado como en el pacto con Moisés, se ofreció a sí mismo como el sacrificio sustituto por los pecadores en la cruz, donde derramó su propia sangre en lugar de ellos.

Comentando acerca de una de las innumerables bendiciones que disfrutamos en el nuevo pacto, 2 Corintios 3:5-6 explica:

No es que pensemos que estamos capacitados para hacer algo por nuestra propia cuenta. Nuestra aptitud proviene de Dios. Él nos capacitó para que seamos ministros de su nuevo pacto. Este no es un pacto de leyes escritas, sino del Espíritu. El antiguo pacto escrito termina en muerte; pero, de acuerdo con el nuevo pacto, el Espíritu da vida.

En el nuevo pacto, Dios viene a permanecer con cada uno de su pueblo tal como lo hizo con Noé, Abraham, Moisés y David. Él también pone al Espíritu Santo en ellos para convertirlos en un templo adonde se le adora. El Espíritu Santo hace de ellos una nueva creación como el amanecer y las primicias de la finalidad de la nueva creación que emergerá con la segunda venida de Jesús. La obra del Espíritu Santo incluye el transfigurarnos en portadores de la imagen de Jesús, como lo hizo con Moisés.

Tal vez el tratado más largo del nuevo pacto y su superioridad a todos los pactos anteriores se encuentra en la carta a los hebreos. A la luz de nuestro estudio de los pactos, lo que más nos ayudaría sería simplemente leer Hebreos 8:6-9:28.

Para concluir, Jesús es un mejor Noé quien trae juicio al pecado, salvación por gracia a la familia de Dios y un mundo nuevo libre del pecado y de sus efectos. Jesús es un mejor Abraham, de bendición a todas las naciones de la tierra. Jesús es un mejor Moisés como profeta de Dios quien cumplió toda la ley por nosotros, permite que la ira de Dios pase sobre nosotros a causa de su sangre derramada, conquistó a nuestro faraón de Satanás, nos redimió del pecado y viaja con nosotros a nuestro hogar a pesar de nuestro pecado y de nuestra murmuración. Además, Jesús es un mejor David quien está sentado en un trono reinando como el Rey de reyes y que viene de nuevo a establecer su reino eterno y mundial de paz y de prosperidad.

Cuando Dios habla sobre su relación de pacto con su pueblo en la Biblia, usa el lenguaje de matrimonio. Dios es como un esposo. El pueblo de Dios es como una esposa que él ama y sirve. Él desea que su pueblo le responda con amoroso devoción y fidelidad.

Algunas personas se preguntan porque el pueblo de Dios tiene prohibido alabar a otros dioses y participar en otras religiones y costumbres espirituales. La razón es simplemente porque Dios ve eso como adulterio espiritual. De la misma manera que un esposo devoto no quiere una relación abierta con su esposa en la que pueda incluir a otros en su relación, también Dios desea una relación de pacto fiel, devota y amorosa. Para esta razón, los cristianos deben cuidarse de no ver los requisitos de fidelidad tan intolerantes o limitadas como diría la cultura. Por el contrario, debemos ver nuestro pacto con Dios en términos serios y estar agradecidos de que nuestro Dios quiera una unión amorosa basado en la devoción.

LA DIFERENCIA ENTRE LAS RELACIONES DE PACTO Y CONTRATO

En los primeros años de nuestro matrimonio, Grace y yo estábamos en un pacto, pero yo actué como si estuviéramos en un contrato, lo que resultó en que mi esposa se sintiera presionada a cumplir con mis expectativas no comunicadas. Un pacto y un contrato son como una mano derecha e izquierda—debe saber cuando uno u otro. Los pactos son para relaciones personales, como el matrimonio. Los contratos son para relaciones profesionales, como negocios. Aquí esta un resumen de las diferencias:

Contrato                                vs                                Pacto

Entre 2 personas                                                     Entre 3 personas

Mi voluntad                                                               La voluntad de Dios

Tú me sirves                                                             Nos servimos

Se registra el rendimiento                                     No se registra el rendimiento

El fracaso es castigado                                          El fracaso no es castigado

Gana-pierde                                                              Gana-gana

Una relación profesional                                         Una relación personal

Esta distinción entre pactos y contratos explica tres tipos de personas:

  1. Personas que solamente entienden los contratos ganan en sus trabajos con sus relaciones profesionales, pero pierden en casa con sus relaciones personales. Un ejemplo es alguien que yo conocí que fue muy exitoso en el mundo de negocios pero que agotó su familia con mandatos que hicieron que la cena familiar se sintiera como una evaluación con un jefe imposible.
  2. Personas que solamente entienden los pactos ganan en casa con sus relaciones personales, pero pierden en el trabajo con sus relaciones profesionales. Un ejemplo es un hombre cristiano muy amable y confiable que comenzó a renovar una casa sin contrato y con solo un apretón de mano como acuerdo porque los dos dijeron que eran cristianos. Después de completar el proyecto, en lugar de pagar, el propietario arruinó al hombre porque no tenía un contrato para protegerlo.
  3. Personas que entienden los dos ganan en casa con sus relaciones personales y en el trabajo con sus relaciones profesionales.

El gobierno de un pacto es de una cabeza singular y múltiples lideres. Ser la cabeza no significa que una persona es un matón mandón. Ser la cabeza significa tener una responsabilidad adicional; entonces, incluso si sucede algo que no es la culpa de la cabeza, es su responsabilidad corregirlo. Esto es exactamente lo que hizo nuestra nueva cabeza, Jesucristo, al venir a la tierra para asumir la responsabilidad del pecado humano que no fue su culpa.

Para el cristiano, su relación con Dios es un pacto, y el Padre es su cabeza, que exhibe liderazgo plural con el Hijo y el Espíritu. Para la iglesia cristiana, nuestra relación con Dios también es un pacto porque Jesús es nuestra cabeza de pacto [Nota: Ef 1:22, 4:15, 5:23; Col 1:18, 2:10, 2:19.] que nos gobierna con lideres humanos y divinos (ángeles y otros seres espirituales como los hijos de Dios) en la iglesia (Nota: Como ejemplo, en Apocalipsis 2-3, Jesús habla a los lideres humanos en la iglesia además de los lideres divinos o ángeles en cada una de las siete iglesias.). Para la familia cristiana, sus relaciones deben ser un pacto además de tener al padre como la cabeza [nota: 1 Cor 11:3, 11:7; Ef 5:23] y los dos padres honrados y obedecidos como líderes Nota: Gn 28:7 Ex 20:12; Dt 5:16; Prv 30:17; Mt 15:4-6, 19:19, Mrc 7:10, 10:19, Lc 18:20, Ef 6:2.].

Grandes problemas vienen cuando fallamos a operar en relaciones de contrato y pacto. Muchas veces este incluye olvidar que el matrimonio y la familia deben ser relaciones de pacto. Dios nos recuerde de esto en Malaquías 2:10, 13-14:

¿No somos hijos del mismo Padre? ¿No fuimos creados por el mismo Dios? Entonces, ¿por qué nos traicionamos unos a otros, violando el pacto de nuestros antepasados?… Esta es otra cosa que hacen: cubren el altar del Señor con lágrimas; lloran y gimen porque él no presta atención a sus ofrendas ni las acepta con agrado. Claman: «¿Por qué el Señor no acepta mi adoración?». ¡Les diré por qué! Porque el Señor fue testigo de los votos que tú y tu esposa hicieron cuando eran jóvenes. Pero tú le has sido infiel, aunque ella siguió siendo tu compañera fiel, la esposa con la que hiciste tus votos matrimoniales.

Desde el principio, las familias han sufrido cuando las cabezas como Adán no se relacionan con su familia, aman lo suficiente para hablar sobre los problemas y toman la iniciativa de hacer lo que glorifica a Dios y es bueno para su familia. Muchos, si no la mayoría, de los problemas sociales que enfrentamos son por causa del fracaso de las personas, comenzando con los hombres, de comprender la diferencia entre las relaciones de pacto y contrato.

Quizás una ilustración nos ayude. Antes de tener a nuestros cinco hijos llevé a nuestra hija mayor a nadar en una piscina un día de verano. Estábamos divirtiéndonos nadando y riendo. Estábamos solos en la piscina hasta que llegaron tres adolescentes: una niña que llevaba un bikini pequeño con un niño en cada brazo. Saltaron a la piscina y cada niño nadó a las esquinas opuestas. La niña comenzó a coquetear en medio de la piscina con cada niño hasta que nadó hasta un niño y comenzó a besarse agresivamente con él. Algún tiempo después, nadó hacia el otro chico e hizo exactamente lo mismo. Sorprendida, nuestra hija nadó para procesar lo que había sucedido conmigo. Susurrando, ella preguntó: «Papi, ¿viste lo que esa chica estaba haciendo con esos muchachos?» Le dije: «Sí, cariño, lamento que hayas tenido que ver eso. ¿Qué estás pensando?» Ella dijo: «Creo que es realmente triste…que ella no tenga un mejor padre». Eso es un pensamiento de relación de pacto.

PREGUNTAS PARA REVISTA PERSONAL Y/O DISCUSIÓN DE GRUPOS PEQUEÑOS

  1. ¿Qué cinco cosas te vienen a la mente cuando consideras cómo Dios te ha bendecido?
  2. Además de Dios, ¿con quién estás en una relación de pacto?
  3. ¿Con cuál de los cinco pactos estás más familiarizado? ¿Con cuál de los cinco pactos estás menos familiarizado?
  4. ¿Cómo sería tu vida ahora si Dios no intervino y entró en una relación de pacto contigo?
  5. ¿En qué tipo de pecado estaban tu y tu familia antes de que Dios entró en una relación de pacto con ustedes?
  6. ¿Qué persona o cosa (por ejemplo, un vicio) ha sido un faraón cruel gobernándote y dañándote?
  7. ¿Por qué es tan importante que veamos a Jesús como el centro de toda la Biblia, y el centro de todos los pactos de la Biblia?
  8. ¿Te ha sido fiel Dios? ¿Has sido fiel a Él?

NOTAS 

  1. Paul R. Williamson, Sealed with an Oath: Covenant in God’s Unfolding Purpose, New Studies in Biblical Theology (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2007), 43.
  2. See O. Palmer Robertson, Christ of the Covenants (Phillipsburg, NJ: P&R, 1980), 4.
  3. Also helpful is this Bible Project video on covenant: https://www.youtube.com/watch?v=8ferLIsvlmI.
  4. Algunos libros de teología sistemática añaden un sexto pacto con Adán. Refieren a Oseas 6:7, que es el único lugar donde la palabra “pacto” se usa con Adán. El debate sobre este punto tiene que ver con pactos de obras en la teológica de pacto, o una dispensación de inocencia en el dispensacionalismo. No tenemos espacio para hablar de todas estas perspectivas. Todavía, debido a que el pasaje sobre Adán en Génesis no habla de un pacto con Dios, hemos escogido no incluir un pacto Adánico como parte de este capítulo, pero estamos de acuerdo que sí había mandatos Adánicos.
  5. Rabbi Harold M. Kamsler, “Hesed—Mercy or Loyalty?” The Jewish Bible Quarterly, vol. 27, no. 3 (1999): 184–85.
  6. Sally Lloyd-Jones, The Jesus Storybook Bible: Every Story Whispers His Name (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2007), 200.
  7. Christopher J. H. Wright, “Covenant: God’s Mission through God’s People,” in The God of Covenant, ed. Alistair I. Wilson and Jamie A. Grant (Nottingham, UK: Inter-Varsity, 2005), 55.
  8. Fil 2:12-13; Tit 3:8; 2 Ped 1:5-11].
  9. Christopher J. H. Wright, “Covenant: God’s Mission through God’s People,” 65.
  10. Ibid., 64.
  11. Este es un tema muy complejo y difícil de estudiar. Unos recursos son: Thomas R. Schreiner, Forty Questions on the Law (Grand Rapids, MI: Kregel, 2010); Thomas R. Schreiner, The Law and Its Fulfillment: A Pauline Theology of Law (Grand Rapids, MI: Baker, 1993); Frank Thielman, Paul and the Law: A Contextual Approach (Downers Grove, IL: InterVarsity, 1994); Frank Thielman, The Law and the New Testament: The Question of Continuity (New York: Crossroad, 1999); Stephen Westerholm, Israel’s Law and the Church’s Faith: Paul and His Recent Interpreters (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1988); and Greg L. Bahnsen, Walter C. Kaiser Jr., Douglas J. Moo, et al., Five Views on Law and Gospel (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1996).
Ashley Chase
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Ashley is the Driscolls’ oldest of five children. She studied theology at Capernwray Bible School in Costa Rica, is a graduate with honors from the Master’s program at Arizona State University’s Barrett Honors College, recently married, and is a gifted Bible teacher, speaking and writing fluently in English and Spanish. She is the Executive Director at Real Faith, and was a campus leader for a prayer tent that has prayed day and night for over 10 years at Arizona State University, the largest university in America. She currently co-authoring Pray Like Jesus with her dad to encourage people to learn to pray to God as Father.